Octubre 2014
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¿Por qué sufrimos? Enviar esta meditación

1 Pedro 1:5-7
“Sois guardados por el poder de Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero. En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo.”


No pasa un día sin que veamos en la televisión o leamos en los periódicos noticias acerca de accidentes que terminan con la vida de una o más personas. Alrededor del mundo, miles de personas están en estos momentos sufriendo por la pérdida de un ser querido. Es fácil imaginar el dolor de aquel padre o madre que recibe la trágica e inesperada noticia. Y en medio del terrible dolor muchos se preguntan: “¿Por qué Dios permite tanto sufrimiento?” Cuando ha llegado a nosotros de manera inesperada una prueba con su correspondiente dolor y sufrimiento, muchas veces ha surgido la pregunta: “¿Por qué a mí?”, “¿Por qué… si yo soy cristiano?”

Preguntas como ésta abundan mucho en el vocabulario de los creyentes. Quizás inconscientemente nos aferramos a la idea de que una vez que aceptamos a Cristo como nuestro salvador, los sufrimientos y tribulaciones van a desaparecer de nuestras vidas y que todo va a marchar siempre “a pedir de boca”. Lo cierto es que no es así. La experiencia nos enseña que, al igual que los inconversos, mientras caminamos en este mundo los cristianos encontramos muchas pruebas, algunas de las cuales traen con ellas una gran dosis de dolor y pesar que afecta nuestras vidas profundamente. Realmente no debía sorprendernos, pues Jesús lo advirtió a sus discípulos, a aquellos que habían dejado todo para seguirlo, cuando les dijo: “En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo.” (Juan 16:33).

La Biblia nos enseña que los cristianos maduran por medio del sufrimiento. Nuestra fe se fortalece por medio de las pruebas, afirma el pasaje de hoy. La vida del cristiano es un llamado a la gloria a través de un camino de sufrimientos. Así dice 1 Pedro 5:10: “Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.” Dios usa el sufrimiento con el fin de limpiarnos, purificarnos y prepararnos para disfrutar de la gloria junto a él. Es, sin duda, una parte importante del proceso de santificación.

Jesús soportó la cruz, sin importarle el dolor y la vergüenza que sufrió porque sabía que después del sufrimiento disfrutaría de un gozo extraordinario, y que volvería a sentarse junto al Padre en el trono celestial, dice Hebreos 12:2. Los cristianos, al igual que Jesús, debemos confiar y estar seguros de la victoria que nos espera adelante cuando estamos en medio del sufrimiento. El apóstol Santiago nos exhorta de la siguiente manera: “Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.” (Santiago 1:2-4).

Ciertamente no hay gozo en el sufrimiento. El gozo viene después. No hubo gozo el viernes en la cruz del Calvario. El gozo se manifestó el domingo en la resurrección. Pero para que hubiese resurrección tuvo que haber muerte primero. Jesús pudo haberse librado de la cruz, pero no lo hizo por amor a nosotros. Él decidió aceptar el plan del Padre, confiar en él y obedientemente padeció el terrible e injusto sufrimiento, “por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo”, dice Filipenses 2:9. Los que hemos decidido seguir a Jesús también a veces recibimos golpes que nos sacuden; a veces desfallecemos, nos sentimos agotados y desanimados, pero nunca destruidos ni derrotados, afirma 2 Corintios 4:9. Y siempre podemos tener la seguridad de que más adelante nos espera un gozo indescriptible.

ORACION:
Bendito Dios, gracias por esta enseñanza que me consuela y me da esperanza en medio de la prueba. Te confieso que no tengo fuerzas para soportar el dolor y el sufrimiento. Por favor, ayúdame a llevar mi cruz, confiando que me espera el gozo y la victoria. En el nombre de Jesús, Amén.