Noviembre 2014
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¿Puedes confiar en tu conciencia? Enviar esta meditación

1 Timoteo 1:18-19
“Este mandamiento, hijo Timoteo, te encargo, para que conforme a las profecías que se hicieron antes en cuanto a ti, milites por ellas la buena milicia, manteniendo la fe y buena conciencia, desechando la cual naufragaron en cuanto a la fe algunos.”


Dios nos ha dado una conciencia para que distingamos entre lo que es moralmente bueno y lo que es malo. En su carta a la iglesia en Roma, el apóstol Pablo se refirió a los gentiles, los cuales no tenían la ley como los judíos, pero Dios había escrito la ley en sus corazones, de lo cual daba “testimonio su conciencia, acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.” (Romanos 2:14-16).

En el pasaje de hoy, el apóstol Pablo le recuerda a su hijo espiritual Timoteo acerca de su llamado a servir a Dios y le encarga que marche adelante como buen soldado del Señor, “manteniendo la fe y buena conciencia.” Sin duda a Timoteo le esperaban adelante momentos difíciles, contrariedades y sufrimientos. Era por tanto imprescindible que se mantuviera firme en la fe, confiando plenamente en Cristo, así como Pablo había demostrado siempre su confianza en el Señor. Debía también mantener una “buena conciencia”, lo cual quiere decir que debía actuar siempre de acuerdo con las enseñanzas y los principios divinos aprendidos desde su infancia por medio de su abuela y de su madre (2 Timoteo 1:5). Este pasaje termina haciendo mención de “algunos” que no hicieron caso a la “buena conciencia”, y como resultado “naufragaron en cuanto a la fe.”

Realmente Pablo le está diciendo a Timoteo: “Tienes en tus manos una encomienda sagrada. Cuídate de no fallar.” De una manera u otra cada uno de los que hemos creído y aceptado a Jesucristo como salvador tenemos una encomienda en este mundo de parte de Dios. Y debemos cuidarnos de no fallar. Dependiendo de las condiciones en que se encuentre, nuestra conciencia puede ayudarnos a evitar “naufragios” en nuestras vidas. La conciencia es una especie de radar espiritual, y la condición en la que se mantenga determinará qué tanto se puede confiar en ella. La “buena conciencia” refleja el deseo de conocer y seguir la voluntad de Dios, de manera que cuando pecamos “nos acusa” haciéndonos saber que necesitamos arreglar cuentas con el Señor. Sin embargo, una conciencia que no es buena no puede mostrarnos la dirección correcta a tomar.

Por ejemplo, una conciencia legalista está llena de leyes y normas, y este legalismo hace que juzguemos nuestros actos basados en reglas humanas. Es decir, creamos nuestro propio sistema de radar lleno de deberes, prohibiciones y obligaciones, y lo utilizamos para determinar lo que es bueno y lo que es malo. Pero al hacerlo no llegamos a discernir la justicia de Dios, la cual nunca puede ser sustituida por la justicia humana. Un ejemplo de esto lo tenemos en los fariseos, los cuales tenían sus propios principios y conceptos y actuaban movidos por ellos, creyendo que estaban muy bien. Sin embargo, a ellos se refirió Jesús en el Sermón del Monte cuando dijo: “Os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.” (Mateo 5:20). El pecado y la autosuficiencia crean una conciencia corrompida. Todo el que se guía por ella, será incapaz de discernir lo que es correcto y verdadero. Excusas como “no puedo evitarlo” o “es que yo soy así”, crean insensibilidad ante el pecado, y por lo tanto dan la ilusión de que todo está “bien” y que no es necesario rectificar.

Una “buena conciencia” se edifica por medio de la lectura diaria de la Palabra de Dios y la constante oración. Cuando hacemos de esto un hábito en nuestras vidas, adquirimos una mayor receptividad a la dirección del Espíritu Santo. Esto nos capacita para reconocer la diferencia que hay entre la convicción del Espíritu, quien nos muestra exactamente lo que necesita arrepentimiento y cambio en nuestras vidas y las acusaciones del enemigo cuyo fin es engañarnos y desviarnos del camino de Dios.

ORACION:
Amantísimo Dios, te ruego me ayudes a guardar mi mente de la suciedad y corrupción de este mundo, y a escudriñar tu Palabra día tras día y actuar conforme a tu voluntad. Por favor, capacítame para que mi conciencia pueda alertarme de lo malo y dirigirme siempre conforme a tus principios. En el nombre de Jesús. Amén.