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¿Tienes la seguridad de que estás en victoria? Enviar esta meditación

Mateo 28:1-6
"Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro. Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos. Mas el ángel, respondiendo, dijo a las mujeres: No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor."


Aquel viernes, después de la crucifixión, el cuerpo inerte de Jesús fue bajado de la cruz y llevado al sepulcro donde fue sepultado. Pasó la noche, transcurrió el día sábado y al amanecer del domingo varias mujeres de las seguidoras de Jesús se acercaron al sepulcro. Pero ya el cuerpo del Señor no estaba allí porque él había resucitado tal y como lo había dicho. Ahora la tumba estaba vacía. Y casi dos mil años después esa tumba continúa vacía porque Cristo vive y está a la diestra del Padre, y su Santo Espíritu está en medio de nosotros recordándonos las palabras de Jesús a sus discípulos: "En el mundo encontrareis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo." (Juan 16:33).

Ciertamente a lo largo de nuestras vidas encontraremos aflicción, sufrimientos, tristeza. Es natural en este mundo pasar por períodos de dolorosas pruebas. En aquella ocasión, el viernes hubo dolor y sufrimiento para todos aquellos que amaban a Jesús. Hubo llanto y tristeza durante todo el sábado. Pero el domingo se produjo el milagro más grande y más trascendental de la historia de la humanidad: Jesucristo venció la muerte, y se levantó de entre los muertos, y la tristeza se convirtió en gozo, la muerte se convirtió en vida, y las tinieblas se convirtieron en luz.

La resurrección de Cristo trajo consigo el gozo indescriptible de la vida eterna. Pero para que hubiera resurrección tuvo que haber muerte primero, y así se cumplió la fase final del plan de salvación de Dios. Ciertamente tenemos un Dios todopoderoso. Por medio de su poder, nuestro Señor Jesucristo venció la muerte y con ello a Satanás y a todos sus demonios. Por eso puede decir con toda autoridad: “Confiad, yo he vencido al mundo.” Y como él ocupó nuestro lugar en la cruz, nosotros podemos afirmar que esa victoria es nuestra.

La muerte de Cristo no es para nosotros señal de duelo porque a través de ella se verificó el milagro de la resurrección. No debemos olvidar nunca lo que él sufrió por cada uno de nosotros, pero debemos enfocar nuestra esperanza en el resultado que él obtuvo: ¡Victoria total y absoluta! Así lo declaró el apóstol Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, al escribir su epístola a los Romanos: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” (Romanos 8:37).

Si estás pasando por una prueba y la aflicción y la angustia te envuelven, confía plenamente en que Dios está siempre en control y que esos sufrimientos tienen un propósito bueno en tu vida y pronto estarás disfrutando esa victoria en Cristo. Puedes tener esa seguridad porque tanto aquella cruz como la tumba han permanecido vacías a través de los siglos. Y dice la Biblia que después "Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra." (Filipenses 2:9-10). Y ahora Jesús está a la diestra del Padre en el trono celestial intercediendo por nosotros, dice Romanos 8:34. ¿Habrá alguna duda de que él obtuvo la victoria? No, no la hay. Y esa victoria es tuya porque él ocupó tu lugar en la cruz.

ORACION:
Padre, para mí es totalmente imposible entender la magnitud del sacrificio en la cruz del Calvario, pero recibo tu precioso regalo y me adueño de la victoria que Cristo obtuvo para mí. Ayúdame a vivir totalmente confiado de que, aunque las circunstancias sean negativas, esa victoria es mía. En el nombre de Jesús, Amén.